Lo bueno de ser pesimista.

¿Hay algo positivo en el pesimismo? En la Filosofía Oriental, se reflexiona sobre la necesidad de evitar que nuestro espíritu esté desequilibrado; o sea, que la balanza no se incline ni hacia lo positivo, ni hacia lo negativo. Concretamente, Shunryu Suzuki, en su obraMente Zen, Mente de Principiante, mantiene unas conversaciones informales sobre la meditación y la práctica del zen. Algunas enunciaciones son: «Cuando todo lo que se lleva a cabo, sin pensar antes si está bien o mal, y cuando se hace con plena mente y cuerpo, ese es nuestro camino», «El tener o no un problema en la vida depende de la actitud de la persona, de la propia comprensión».
Sin embargo, cuando somos pesimistas estamos negando a la razón, creando una cárcel que nos esclaviza al “todo sale mal”. Mientras nuestros pensamientos sean contrarios a nuestros deseos, estaremos cargando demasiado peso en una mano, mientras la otra espera a que la uses en tu beneficio.
Entonces, ¿de qué nos pueden servir las dificultades que se nos presenten? ¿Y los días grises? Son una forma de advertirnos que el camino hacia el victimismo sólo lleva al fracaso y a la destrucción. Conocer un “día gris” y aceptarlo como es, cambiaría nuestra opinión sobre los problemas. La lluvia sería como el ying y el yang. Al igual que conocer la felicidad, la desgracia debería originar otro destino en cualquier caso, un nuevo comienzo que nos guíe a donde queremos de verdad.
Lo cierto es que sin el pesimismo, muchos de los poetas no hubieran podido escribir poesía, los pintores más reconocidos no hubieran conseguido plasmar sus miedos, sería imposible que los escritores narrasen dramas basados en la realidad (que resultan un éxito rotundo), ni los cineastas configurarían sucesos tanto familiares como inverosímiles.

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